El storyboard es una herramienta que arrastra cierta controversia. Hay directores que afirman usarlos y otros que no. Al contrario de lo que se puede creer, su uso no significa cerrarle las puertas a la improvisación, pese a que su definición en el diccionario es “hacer algo de pronto, sin estudio ni preparación”. Improvisar en un rodaje, sin más, te asegura un bonito harakiri en el plano económico y, en la mayoría de los casos, en el artístico. En cambio, cuanto mejor sea tu planificación, menor será ese riesgo para saber aprovechar las sorpresas inesperadas que te ofrezcan la localización, la meteorología o la interpretación de los actores. El story, además, resulta útil para que el equipo técnico (y no sólo el director de fotografía y el operador de cámara) conozca mejor el proyecto y las intenciones del director.
Ahora estoy en pleno proceso de creación del storyboard para El Libro Talonario. Hace muchos años ya que empecé en el mundo de los dibujos animados (como intercalador activo y animador en potencia) y desde siempre he estado vinculado al diseño gráfico. Sin embargo, me noté terriblemente oxidado cuando cogí el lápiz. Y es que tanto ordenador hace que uno pierda la “mano” aunque, por suerte, es algo que no se llega a olvidar del todo. También hay que decir que hay programas para hacer storyboards y cinemáticas, y son bastante sencillos, pero para este proyecto me decanté por un trabajo más artesanal.



